
Lavalley, Moysén, Villaveces
UARICHA, 2026, 24, pp. 1-17
Propiedades psicométricas de IPVSS en español
El estigma de violencia de pareja está influenciado por normas, estereotipos y roles
de género social y culturalmente aceptados en diversos contextos geográficos (Murvartian &
Saavedra-Macías, 2025). Estas normas regulan las relaciones familiares y de pareja,
promoviendo actitudes de control y poder por parte del hombre, a quien tradicionalmente se
le atribuyen funciones de proveedor y tomador de decisiones en la dinámica de la relación
con su pareja, en este caso, la mujer, así como con el resto de la familia, incluidos los hijos.
Como resultado, se generan y normalizan actos de violencia física, emocional y sexual que,
lejos de considerarse problemáticos, son aceptados por las mujeres, por los hombres, la
sociedad y las diferentes culturas (Brunton & Shin, 2024). Esta normalización lleva a la
internalización del abuso, a que se minimice el abuso, la respuesta estigmatizante por parte
de la sociedad y las autoridades hacen que muchas mujeres permanezcan en relaciones
perjudiciales durante largos períodos de tiempo (Murvartian et al., 2023).
A pesar de que estas situaciones derivan en problemáticas sociales y de salud pública,
el concepto de estigma en el ámbito de la violencia de pareja ha sido un tema de interés
reciente. Según Crowe et al. (2021) cuando una mujer inmersa en una relación violenta busca
ayuda en su círculo cercano –ya sean amigos, familiares o profesionales–, a menudo
enfrentan una respuesta estigmatizante. Es decir, se le juzga por las razones que la llevaron
a permanecer en dicha relación, haciéndola sentir responsable del maltrato vivido.
Asimismo, este estigma influye en la percepción de que las autoridades no procedan
en su favor (Link et al., 2001) lo que refuerza su silencio y vulnerabilidad. Por ello, el estudio
del estigma asociado a la violencia de pareja resulta fundamental, ya que representa una
barrera significativa para que las mujeres decidan revelar y denunciar el maltrato sufrido.
Para profundizar en la explicación de este tipo de estigma se han desarrollado dos
modelos conceptuales. El primero denominado estigma de violencia íntima de pareja que
describe cómo se afectan las conductas de búsqueda de ayuda (Overstreet & Quinn, 2013),
el modelo describe tres componentes: el estigma cultural el cual describe los estereotipos
sociales y las ideologías que deslegitiman personas que experimentan IPV, como la creencia
de que los sobrevivientes son responsable de su victimización, el estigma internalizado
destaca la medida en que las víctimas llegan a creer que los estereotipos son ciertos para
ellas mismas, el estigma anticipado el cual enfatiza la preocupación sobre lo que sucederá
una vez que los otros se enteran de las propias experiencias de IPV, como el rechazo social
o desaprobación.
El segundo denominado modelo integrado de estigmatización de la violencia íntima
de pareja (Murray et al., 2018) se basa en el anterior, pero incluye dos dimensiones: el
estigma del perpetrador, que se refiere a los elementos verbales, emocionales, psicológicos
centrados en las acciones de abuso contra las mujeres violentadas, haciéndoles creer que
son responsables del maltrato recibido y el estigma promulgado, que es la experiencia de
discriminación que va en perjuicio de quienes están en una situación de violencia, pues se
centra en los estereotipos, prejuicios y la idea de que las mujeres no deberían de permanecer
en este tipo de relaciones. Estudios cualitativos como los de Murray et al. (2018) indican que
la mujer puede vivir alguno de los cinco tipos de estigma o bien varios a la vez que trae como
consecuencias para las mujeres sobrevivientes, el que no se les preste la debida atención