Gallo Fernández Formación universitaria en psicología
UARICHA, 2026, Vol. 24, 1-12 2
Abstract
This article raises concerns about the idea of neutrality
in university-level psychology education, not as an
unquestionable epistemological principle, but as a
historically produced and pedagogically reproduced
myth. Rather than merely asserting the presence of
ideology in the discipline –a trivial claim– the text
examines the mechanisms through which psychology
constructs the appearance of technical, objective, and
depoliticized knowledge, as well as the formative effects
of this appearance on teachers and students. From a
critical perspective, neutrality is understood not as the
absence of position or stance regarding political
matters, or even of one’s ideology (as is typically
presented), but rather as a specific relation to
knowledge that becomes naturalized through
institutional, curricular, and evaluative practices.
Drawing on the analysis of discourses and experiences
within the university classroom, the article shows how
the separation between theory and practice, the
emphasis on technique, and the systematic avoidance
of social conflict, reinforce a technocratic conception of
the psychological profession. In dialogue with critical
pedagogy and the sociology of education, it is argued
that psychology education actively participates in the
production of professional dispositions –a habitus–
more oriented toward adaptation than toward critical
interrogation. Finally, the article contends that what is at
stake is not only an epistemological debate, but a
political dispute over the meaning of psychology
formation, situated between the reproduction of the
existing social order and the possibility of an
emancipatory formative practice, capable of explicitly
assuming its political character without reducing it to
slogans or neutralizing it under the language of
technique.
Keywords: critical psychology, critical pedagogy,
neutrality, sociology of education, university education.
Introducción
En la enseñanza universitaria de la psicología es frecuente escuchar que ésta es una ciencia,
que la labor de los y las docentes consiste en transmitir conocimiento científico y que el aula
debe mantenerse libre de cualquier sesgo personal, político o ideológico. Esta convicción se ha
repetido con tanta frecuencia que da la impresión de ser sentido común y, sin embargo, implica
una paradoja silenciosa: mientras se afirma la neutralidad, en cada clase se imponen –implícita
o explícitamente– criterios de valoración, formas de interpretar el mundo y expectativas sobre
cómo debe pensarse y ejercerse la disciplina. Estas cuestiones no son neutrales, ni pueden
serlo.
La psicología, como cualquier práctica social, constituye y organiza modos de mirar y
modos de actuar. Proporciona categorías para comprender al sujeto, delimitar lo normal y lo
patológico, interpretar el sufrimiento, y establecer estrategias de intervención. Lo que ocurre en
el aula no se reduce a una simple transmisión de contenidos: también se transmiten formas de
comprender la experiencia psicológica que, aun sin declararse abiertamente, llevan consigo
supuestos sobre la sociedad, la subjetividad y el papel de las personas en el mundo. Esto está
en línea con lo que advierten Martínez, et. al. (2015) cuando hablan del currículo oculto,
entendido como “aquellos aprendizajes no explícitos, brindados indirectamente por la escuela
que son incorporados por los estudiantes como posibilidad de socialización” (p. 114), mediante
el cual se transmiten disposiciones afectivas, éticas y formas específicas de relación con los
saberes y conocimientos de la psicología. De este modo, la experiencia formativa no se limita a
la adquisición formal de contenidos, sino que implica también la configuración de determinadas
maneras de relacionarse con, y realizar, la práctica profesional.